Asia en los ojos de sus niños
En tiempos de los colonizadores franceses, a Laos lo llamaban "El Reino del Millón de Elefantes y el Parasol Blanco". Probablemente, un nombre demasiado rimbonbante que no reflejaba la realidad del país - un lugar provinciano acorralado por China, Siam y Angkor -, pero que sí refleja la dignidad de sus habitantes.
He salido a la calle a las cuatro de la mañana a dar un paseo. El calor de Hong Kong es terrible en esta época del año, y para colmo, hoy hemos tenido un amago de tifón, con lo que la humedad lo hace todo bastante insoportable.
Durante el camino, me he puesto a reflexionar que, como la gente de Laos, los asiáticos son gente verdaderamente valiente. Incluso en las zonas de pobreza absoluta (no muy lejos, cruzando la frontera o en cualquier barrio de Manila) la gente jamás deja de sonreir. Las adversidades hacen de su vida una aventura diaria, y ellos han aprendido a torear la vida con destreza. La historia del Sudeste Asiático se puede contar a través de los ojos de sus niños, siempre riendo.
Lee Kwan Yew, el padre de Singapur, y uno de los hombres más poderosos e inteligentes de esta parte del mundo, decía el otro día que cuando China y la India estén a máxima potencia, la economía mundial volverá al mismo balance que había en el siglo XVIII, cuando la producción del dragón y del elefante representaba el 40 por ciento del producto interior bruto del mundo.
Las grandes ciudades de Asia están superpobladas, son ruidosas, sucias, divertidas. Por el contrario, Vientiane, la capital de Laos, es tranquila. Por allí apenas pasa nadie. Volar con Lao Aviation es jugarse la vida y las carreteras están llenas de bandidos. Pero la última vez que estuve me pasé tres semanas comiendo carne semicruda con hierbas, limón y chile, algo delicioso que ellos llaman "laap". Ahora, no pasa un solo día sin que sueñe con regresar pronto.


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