jueves, abril 28, 2005

Desde Java con amor

Nunca he visto una tierra más roja que la que vi hace dos días en la isla de Java. Acabo de regresar de Indonesia, donde he pasado una semana cubriendo la segunda Cumbre Asia-Africa, y la ceremonia nostálgica en la que representantes de cien países lloraron la histórica Conferencia de Bandung. Al final, como siempre son estas cosas, la cumbre bilateral entre China y Japón, y el reencuentro de líderes de las dos Coreas eclipsó los esfuerzos de Nigeria, Etiopía, Indonesia o Vietnam. De todas maneras, tampoco es que el discurso del Tercer Mundo, confiado en otros tiempos, haya cambiado mucho en los últimos cincuenta años.

Pero a lo que voy. Después de la reunión de Bandung, una preciosa ciudad de corte colonial holandés, donde hace una excelente temperatura y donde visité un lugar donde se encontraban los mejores artistas de Java Central -cada vez que voy a Indonesia, me doy cuenta de porqué los holandeses no quisieron irse de allí- me cogí un tren que recorría la ruta a Yakarta en tres horas y media.

Durante el camino, lento y más lento (¡128 kilómetros en tres horas y media!) pude disfrutar de todas las montañas de Java, el verde de la jungla, el rojo de la tierra, el amarillo de los campos. Allí, tan lejos de casa, sin ningún blanco a los alrededores, y sólo con mis pensamientos y tiempo para no hacer nada, me di cuenta de lo que vale la pena seguir navegando. Y todo eso, con un buen plato de nasi goreng, el arroz frito con chile, plato típico de Indonesia, vale su peso en oro.